lunes, 22 de julio de 2013

Rabadá y Navarro: La Cordada Imposible

Como presentación oficial de este blog, quiero acercaros una historia de esas que ponen los pelos de punta. Una historia que no deja indiferente a nadie, un relato cargado de idealismo, de amistad y sobre todo, en estos tiempos donde el materialismo y la degradación ha conseguido crear una generación de parásitos, este relato nos acercará  a esos tiempos donde las personas eran capaces de dejarlo todo por perseguir sus sueños. Incluso la vida.

Cuando era un adolescente, oí por primera a mi padre hablar de  Alberto Rabadá y  Ernesto Navarro. Lo hacía con una admiración que me impresionaba, prácticamente hablaba de ellos como de dos héroes y cuando leí su historia me impresionó y emocionó, y aún hoy la sigo teniendo muy presente. Me pareció una forma espantosa de morir, y sin embargo, de alguna manera, me inspiró. Tanto que el nombre de este blog pretendo que sea un homenaje perpetuo a su memoria.

No es que hayan caído en el olvido ( se le han hecho documentales, se han publicado libros sobre su trayectoria deportiva, en la sierra de Javalambre un refugio lleva su nombre), pero si es cierto que ese reconocimiento y ese aplauso perpetuo ha llegado desde el circulo de los montañeros. A nivel popular carecen del reconocimiento que deberían tener. Fueron dos pioneros. Subían donde no subía nadie. Ascendieron paredes consideradas imposibles a base de un terco tesón y un rudimentario conocimiento de las técnicas, hasta encumbrarse como innovadores en el mundo del alpinismo. En la posguerra, en lo que todo estaba por inventar, su estilo nació de la más remota intuición. Sin apenas medios establecieron un estilo de escalada futurista en las que el valor y la imaginación prevalecían sobre las dificultades.

En los Alpes, la cara norte del Eiger era la pared maldita rodeada de leyendas de los que allí habían perecido. los dos kilómetros de la Mordwand-pared de la muerte- era el gran reto de la escalada alpina y varios equipos españoles se afanaban en ser los primeros en coronarla. Rabadá y Navarro acometieron la escalada con su logística primitiva, espoleados por el rudo optimismo aragonés, hasta morir de agotamiento a trescientos metros de la cumbre en medio de una fuerte tormenta. Esta es la historia de dos héroes olvidados bajo su máscara de montañeros y de su capacidad para trascender lo imposible.

8 DE AGOSTO DE 1963

Aquella mañana salieron hacia la pared, Se habían levantado a las tres de la mañana y, sin ningún incidente, disponían de todo un día por delante. Una cordada japonesa formada por Daihachi Oyora y Mitsuhiko Yoshin, movidos también por el afán de ser los primeros de su nacionalidad en conquistar el EigernordWand, avanzaban por los primeros largos de la ascensión. Alberto y Ernesto los adelantaron rápidamente hasta alcanzar el vivac conocido como nido de golondrinas, donde les sorprendió una tormenta acompañada de desprendimientos de roca.
Pasaron la noche dentro de los sacos de dormir y al amanecer, lloviendo sin cesar, decidieron salir de la montaña por el Stollenloch, un oquedad al exterior en la mitad de uno de los túneles, creada por accidente con un exceso de explosivo durante la construcción. Ya de noche cerrada, alcanzaron la boca del túnel, tras varios rapeles en medio de cascadas de agua, empapados y extenuados. Como ya no circulaba ningún tren, emprendieron el descenso caminando por la oscuridad de los túneles. Mientras descansaban en la tienda, helados todavía dentro de la chaqueta y del saco de Luis Alcalde( un amigo que les había acompañado), la posibilidad de abandonar tomó por primera vez forma en sus cabezas. El clima era muy inestable y las dificultades, especialmente en los tramos nevados, donde los españoles no tenían tanta experiencia, eran mayores de lo que pensaban.

10 DE AGOSTO DE 1963
A media mañana los tres aragoneses salieron a dar un paseo por los pastizales de Alpiglen. La decisión de abandonar la ascensión había sido tomada y Alberto propuso viajar a París y aprovechar los días restantes visitando la ciudad. Desde el lugar donde, tumbados en un prado evaluaban sus posibilidades, se podía ver perfectamente la Eigerwand. El día era tan claro y limpio que hasta la pared maldita parecía dotada de un cierto aire bondadoso. De regreso a kleine Scheidegg, los tres amigos se encontraron con un paisano de Zaragoza y tal fue su alegría que lo celebraron en la discoteca del hotel. A las once se despidieron de su paisano y regresaron al campamento, de camino tomaron la determinación de intentar otra vez la escalada. Sería su última apuesta.


11 DE AGOSTO DE 1963

A la una de la madrugada del Domingo 11 sonó el despertador en la carpa de los maños  y en pocos minutos Alberto y Ernesto recogieron el material todavía húmedo y se encaminaron de nuevo hacia la base de la pared con la motivación más exaltada que nunca. Escalaron los primeros largos con asombrosa rapidez y a las 12 del mediodía habían adelantado a la cordada japonesa que intentaba de nuevo la ascensión. Las primeras dificultades reales llegaron con la Fisura Difícil, donde la roca caliza se hace mas compacta y vertical, formando un muro rasgado por una fisura solitario. De la cumbre y de los neveros superiores caían piedras y trozos de hielo arrancados de la pared por las altas temperaturas. Luis Alcalde observaba a sus compañeros con unos prismáticos desde la terraza del hotel Bellevue.
Le rodeaban nutridos grupos de turistas altos y fornidos, rubios, rodeados de niños que señalaban la pared con la mano extendida.

El cielo iluminado por los últimos rayos de sol había pasado de un azul limpio y transparente a cubrirse de gruesos nubarrones. Ante la posibilidad de una tormenta, los aragoneses prepararon su vivac antes de comenzar la travesía del segundo Nevero.

12 de AGOSTO DE 1963

La lluvia golpeaba con fuerza el toldo de la tienda canadiense cuando Alcalde se despertó antes del amanecer. Preocupado por sus compañeros, se apresuró por llegar al mirador del hotel. De camino, tapado por su chubasquero y un paraguas, le asustó darse cuenta de que la mitad superior de la EigerWand estaba cubierta de nieve fresca. Dese la terraza, con las primeras luces del día luchando por abrirse paso entre la borrasca, pudo ver con los prismáticos cómo la cordada japonesa iniciaba el descenso y cómo Alberto y Ernesto continuaban escalando por el segundo nevero, impasibles ante la tormenta. Podía distinguir a Rabadá en la cabeza de la cordada  tallando peldaños con el piolet, hasta que lo vio resbalar y caer veinte metros en la nieve. Navarro había frenado la caída. La travesía del Nevero les llevó todo el día, la nieve seguía cayendo y en los pasillos del hotel Belleuve los alpinistas locales cuestionaban la temeridad de los españoles. Era una locura continuar con aquella tormenta.
Piussi y Sorgato eran dos experimentados alpinistas italianos que esperaban la llegada del buen tiempo para intentar la perseguida directa de la EigerMordwand, incapaces de comprender su terquedad, los italianos observaban atónitos la progresión de los españoles. El parte meteorológico había previsto peores condiciones para los próximos días y al caer la noche Alcalde y los dos italianos caminaron hasta la base de la pared para intentar advertir a Rabadá y Navarro del peligro. Dispararon al aire varias bengalas, que surcaron la atmósfera densa dejando un efímero rastro de color.

13 de AGOSTO DE 1963
La mañana del 13 de Agosto, un claro entre las nuebes permitió a los alpinistas apostados en la terraza del hotel ver a los aragoneses, Toni Hiebeler, un veterano de la EigerWand, los observaba absorto mientras Alberto y Ernesto continuaban la escalada al comienzo de la Rampa. Escalaban muy lentamente y les había tomado toda la mañana atravesar el Tercer Nevero.
Alberto y Ernesto habían alcanzado el Vivac de la Muerte con las primeras luces del amanecer, Allí esperaron sobre una repisa hasta que un indicio de mejoría en el tiempo les llevó a proseguir por los primeros largos de la Rampa, desde donde sabían que el descenso era ya muy complicado. La retirada ya no era una opción.

Los alpinistas en Belleuve se turnaban los prismáticos. Nadie daba crédito
a la osadía de los aragoneses, En vez de aprovechar la ligera mejoría para descender, lo hacían para continuar con una lentitud pasmosa. Luis defendía la experiencia de sus compañeros, pero en el fondo la tenacidad de Alberto y Ernesto era mucho más ambiciosa que su técnica como alpinista.

A las cuatro de la Tarde llegaron a la chimenea de la cascada. Rabadá con un anorak azul progresaba en cabeza de la cordada y Ernesto aseguraba abrigado con un anorak rojo. Los colores difumidados por la nevada son para Alcalde la única referencia de sus amigos. La lentitud de la cordada se había vuelto alarmante y los guías de Grindelwald comenzaron a pensar en un rescate. A las 19 horas, Rabadá y Navarro terminaron el último largo de la Chimenea de la Cascada, donde existe un pequeño lugar de vivac, pero, dado que éste se hallaba tapado por la nieve, Alberto continuó escalando sin verlo. Estaba agotado, toda su ropa estaba empapada y respiraba profundamente. El sonido de sus crampones contra el hielo era lo único que rompía el silencio de la nieve al caer. Un ritmo seco, acompañado de los jadeos de su respiración.
Luis observaba con los potentes prismáticos como su compañero colocaba tres pitones en la roca trabajosamente. A cada martillazo sus pies resbalaban. Luis bajó los prismáticos y rompió a llorar. Sabía que estaba presenciando el inicio del fin.

A las ocho y media de la tarde los escaladores se habían instalado en una precaria repisa en la base de la Chimea de la cascada, hasta donde habían descendido buscando una plataforma, Perdían así la progresión  de casi media día de trabajo. Alberto y Ernesto compartieron un poco de embutido con las manos heladas y temblorosas, pero apenas podían comer. Sus labios hinchados  y agrietados sólo se consolaban con un poco de agua. Muy desmoralizado, Luis Alcalde llamó esa misma noche a Eduardo Blanchard, presidente de Montañeros de Aragón, de Zaragoza y comenzaron las gestiones para la realización de un rescate.

14 DE AGOSTO DE 1963
Después de llover durante toda la noche amaneció despejado. La montaña estaba cubierta de Nieve y Luis buscaba con los prismáticos a sus amigos.  A las 7 horas y 30 minutos encontró a Navarro encabezando el último largo antes del nevero de la Rampa. Progresaba a cámara lenta, moviendo los brazos sobre la nieve y dejándolos caer como si fuesen pesadas barras de metal. Cuando alcanzaron el nevero, Luis contó los golpes de piolet que les tomaba tallar un peldaño. uno, dos, tres....hasta veinte golpes en algunas ocasiones. Alcalde pudo ver la lenta agonía de sus amigos, sin ninguna posibilidad de ayudarles.

Al comenzar la tarde, Rabadá encabezaba los largos de la Travesía de los Dioses, donde los primeros ascensionistas de la pared habían sido elevados  a la divinidad por el público que observaba
compungido desde Bellevue.

Los primeros largos de la Travesía de los Dioses les tomaron casi toda la tarde. Alcalde podía ver cómo una maniobra de cuerda los detenía durante más de dos horas y cómo su lentitud ya no era un problema técnico, sino un lento descenso hacia la muerte. Al caer la noche no habían alcanzado el nevero y se preparaban para dormir sentados sobre una repisa. Fue la última vez que Alcalde los vio con vida.

15 DE AGOSTO DE 1963

Varios escaladores vascos que se encontraban en Chamonix, alertados por loas noticias de la prensa, que hablaba del "ataque suicida" de los españoles,  llegaron hasta Kleine Scheidegg para ayudar. Eran los hermanos Régil y Ángel Landa, que alertados  unieron fuerzas con Julián Vicente, que en se momento empezaba su viaje de vuelta a casa.
A mediodía, Roberto Sorgato, Toni Hiebeler, y los tres españoles comenzaron la ascensión de la arista oeste con idea de alcanzar la cumbre y organizar un descenso de rescate. Desde la arista, gritaron a los españoles, sin que estos pudieran escucharlos.
La noche llegó y sin misericordia los termómetros bajaron a cinco bajo cero. En la pared la temperatura sería aún mas fría y podía rondar los veinte bajo cero.

Ernesto había progresado en cabeza de cordada durante los últimos largos. Zarandeado por la ventisca apenas podía conservar el rumbo por las últimas rampas heladas del Nevero. Extenuado, su cabeza viajaba hasta Fuencalderas, luego entraba en el taller de Zaragoza, donde su padre y su hermano en ese mismo momento trabajaban; viajaba, sus movimientos se iban haciendo cada vez más lentos, como los e un mimo atenazado por el frío. Consiguió dar un par pasos más, otro. De repente la cuerda no avanzaba, algo no le dejaba continuar. Ernesto bajó la cabeza y pudo ver entre la intensa nevada como Rabadá yacía acuchillado sobre su piolet respirando con dificultad. Ernestó gritó y tiró de la cuerda: "Venga Edil, venga, un poco más". Alberto, desfallecido, deliraba. Balbuceaba unas palabras que Ernesto no podía entender. Se quitó los crampones colgando de la cuerda y los dejó cuidadosamente colocados en el hielo a la altura de la cabeza, Un gesto incomprensible para un alpinista al borde la muerte, quizás solo quiso acelerar el proceso.
Ernesto, más consciente, fue viendo cómo la vida abandonaba a su compañero. El cansancio y el delirio se habían apoderado de Alberto y su cuerpo se iba cubriendo de nieve, como si ya formara parte de la pared maldita. Ernesto colocó un seguro de hielo y anudó la cuerda para dejarlo descansar, luego se arrodilló y se dejó llevar por un llanto desconsolado, Ernesto y Alberto tenían 29 y 30 años años respectivamente.

16 DE AGOSTO DE 1963

La mañana apareció despejada, como si el cielo ni hubiera sido un infierno de nieve y hielo horas antes. Los equipos de rescate se preparaban y un avión sobrevolaba la EigerWand en busca de algún indicio de vida de los aragoneses.

Luis Alcalde recorría cada metro del tercio superior de la pared, hasta que encontró un pequeño bulto en la pared de la Araña, parecía más una piedra cubierta por la nieve que un ser humano, identificó a Ernesto Navarro por el color de su chaqueta y afinando la vista pudo ver, al final de la cuerda que descendía, otro bulto, apenas definido, en el que se había convertido el cuerpo de Rabadá.

Mientras la orquesta tocaba en la terraza del hotel y varias parejas bailaban sobre el suelo de la terraza, Luis Alcalde no podía despegar los ojos llenos de lágrimas de los binoculares, hacerlo sería dar por supuesto que sus amigos habían muerto. La realidad le sobrepasaba, le mantenía inmóvil, aferrado a los prismáticos con la dos manos, incapaz de asimilar la situación.

EL RESCATE (DOS CUERPOS EN LA PARED)

Los cuerpos sin vida de Rabadá y Navarro permanecieron durante el resto de aquel verano de 1963 en la cara norte del Eiger. Los numerosos intentos de rescate realizados por la FEM en colaboración guías de Grindelwald fueron rechazados por el mal tiempo y por las nevadas del invierno adelantado. Mientras tanto los turistas que llegaban cada dia a Keine Scheidegg se recreaban con el espectáculo macabro desde el mirador del Hotel Belleuve donde los cuerpos de los escaladores eran una continua fuente de conversación. El rescate de los montañeros trascendió lo meramente humanitario para convertirse en una cuestión de Estado. Entre los escaladores locales, en especial a los guías, pesaban los cadáveres de Rabadá y Navarro como una losa en la conciencia. Ese grupo de rescate se había forjado la fama de ser uno de los mejores.

27  y 28 DE DICIEMBRE DE 1963

En pleno invierno, un joven guía suizo alcanzaba la cumbre del Eiger. Querían realizar el primer descenso de la Norte del Eiger con el objetivo de rescatar a Rabadá y Navarro. Los jóvenes guías suizos, no queriendo llamar la atención sobre su actividad, no se detuvieron en el hotel y se fueron sin más explicaciones  ala montaña.
El 28 de diciembre con la ayuda de cuerdas excepcionalmente largas, rapelaron trescientos metros. Paul Etter se acercó al punto donde colgaba Navarro. El cuerpo, doblado hacia atrás colgaba de un pitón de hielo. En la mano derecha aún colgaba un martillo de hielo y el otro brazo, estirado hacia atrás apuntaba hacia un lugar inesperado. Un cabo de cuerda descendía hacia el cuerpo de Rabadá, cubierto por una costra de hielo. Los crampones colocados cuidadosamente junto a su cabeza plantearon una incógnita en los guías suizos. ¿Por qué un alpinista antes de morir se quitaría los crampones en un acto tan finalizador?
Pasaron el resto del día desenterrando a Navarro de la Nieve y al atardecer tallaron una repisa, donde pasaron la noche.

29 Y 30 DE DICIEMBRE DE 1963
Una vez los dos cuerpos fueron recuperados y colgados de un extremo de las cuerdas, continuaron el descenso. Les esperaban mil setecientos metros de territorio nunca antes transitado. Por medio de complicadas cuerdas descendieron doscientos cincuenta metros hasta la Rampa, donde realizaron un tercer vivac. Durante la noche una avalancha barrió la pared y casi alcanzó a los alpinistas suizos. Cuando se despertaron en medio de la confusión y entendieron lo que estaba pasando, buscaron los cuerpos de Alberto y Ernesto sin ningún resultado. Habían sido arrancados de la pared por la fuerza del alud.

El 30 de Diciembre, los cuerpos de Rabadá y de Navarro, despedazados por la caída de mil metros, fueron recuperados por los tres guías suizos esa misma mañana. Después los arrastraron hasta Keine Scheidegg, donde fueron recibidos como héroes.

LA VUELTA A CASA
Los féretros de Alberto Rabadá y Ernesto Navarro aún tuvieron que esperar hasta el día 6 de Enero para recorrer las calles de la ciudad del Pilar, donde fueron recibidos con una multitudinaria muestra de afecto. Muchos zaragozanos que habían seguido las noticias por la prensa, salieron a la calle y acompañaron a la comitiva hasta el cementerio de Torrero.
Su nicho fue sellado con una lápida en la que el Eiger y el Mallo Firé se enfrentaban entre los nombres de los desaparecidos y la insignia de montañeros de Aragón.

EPILOGO- LA HISTORIA CONTINUA

Para muchos, la muerte de Rabadá y Navarro fue un acontecimiento anunciado. Nunca se había visto una cordada con tal interés por trascender lo establecido, y esta continua persecución de lo Imposible les había llevado directamente a la tumba. Quizás si hubiesen llegado a la cumbre del Eiger, después de alcanzar el mayor logro conseguido por un alpinista español, su furor de conquista hubiese menguado. Yo no lo creo así. En los planes de Rabadá estaban una ruta directa en la cara este del Fitz Roy y luego vendrían más montañas.

Alberto y Ernesto, "Edil" y "Navarrico",  fueron los mejores de una época. Su manera de hacer montaña los llevó a encntrar lo que buscaban: mirarse cara a cara con el mayor compromiso. Admirable y terca tenacidad la suya.

Sus rutas han quedado para la posteridad y raro es el fin de semana que una cordada no repite el escalón sureste del mallo Firé, el Espolón del Gallinero o la cara oeste de nuestro Picu Urriellu. Toda una generación de escaladores se han forjado bajo su legado y las venideras también se medirán sus rutas. Su filosofía sigue inspirando al gran alpinista y al pequeño montañero, esa actividad aun incompresible, que requiere la máxima entrega y compromiso. El tamdem Rabadá- Navarró constituye lo más parecido que existe a una leyenda moderna. Supongo que es lógico que siempre me llamaran la atención, y es justo que este blog este inspirado y se abra con ellos. Y tengo la impresión personal de que ni Edil ni Navarrico hubiesen reprobado este articulo....

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